El hombre al que no le gustaba comer solo

He viajado desde Sevilla para participar en una reunión de trabajo en Madrid. Hemos terminado antes de lo que teníamos previsto. Empiezo a recoger mis papeles y pido el acta con los acuerdos. Mientras la firmo oigo a uno de los participantes de la reunión.

-Te invitamos a comer.

-Gracias, pero hoy no puedo comer con vosotros.

-Insistimos, no te vamos a permitir que comas sola.

El responsable del equipo, con voz de jefe, se dirige al que hace el ofrecimiento.

-Tú no sabes si va a comer sola, no seas cotilla.

-Intentaba ser amable.

Todos sus compañeros aprovechan la ocasión para meterse con él. Todos a una.

-¡Ya!, ¡ya!

El joven ingeniero-invitador se pone colorado. Repiten todos.

-¡Ya!, ¡Ya!

Me gusta venir a estas reuniones porque a la eficacia en el trabajo se une a un buen ambiente.

-Ante vuestra insistencia os explico que picaré algo por ahí e iré de compras, con tiempo suficiente, a la calle Ortega y Gasset donde hay unas tiendas con ropa muy actual y elegante. La última vez que estuve por allí vi un vestido que me gustó mucho y hoy lo compraré. Después regresaré a Sevilla en el AVE, quiero llegar pronto a casa.

Viendo mi firme determinación no insisten más, me despido de todos y me voy.

 

Salgo del número 135 de la calle Príncipe de Vergara y cruzo la calzada. No por el paso de peatones, que evito siempre que puedo. Es una más de mis manías. No hay peligro porque siempre paran los conductores para dejarme pasar. Algunos empiezan a frenar con tiempo suficiente para que yo cruce, todo depende de la longitud de mi falda.

Subo por la acera de los pares, da el sol y así es más agradable la búsqueda de un bar. Paso por delante del Auditorio Nacional y de varios edificios de oficinas. Llego a una plaza con el nombre de Cataluña, que ni es plaza ni es nada. Veo en una esquina un bar restaurante, miro el reloj: marca la una. Me parece un buen sitio para tomar unas tapas.

 

-Buenos días.

-Buenos días, señorita. Estamos montando las mesas, pero puede tomar algo en la barra mientras tanto.

-Bien, es suficiente. Solo quiero picar un poco. Tengo prisa.

-Me parece muy bien, pero lo hará más cómodamente en una mesa. No permitiré que esté mucho tiempo en la barra. Le montan la mesa enseguida.

La amabilidad y la sonrisa del jefe de sala me impide negarme. Observo desde el taburete de la barra el movimiento de los camareros. Uno de ellos comenta en voz alta:

-Hay una mesa reservada por el señor Llongar para ocho personas.

-Paco, no puede ser.

-Sí Juan, ocho personas

-Debe ser un error. Tráeme el libro de reservas.

Juan mira y remira el libro.

-No puede ser. ¿Quién ha tomado esta reserva?

-He sido yo mismo y te puedo asegurar que está bien. El señor Llongar insistió mucho en que era para ocho personas y que te dijera que quería la mesa de siempre y, como siempre, en forma cuadrada.

– Es un maniático perfeccionista, ya nos ha hecho cambiar la mesa varias veces.

Después se queda pensativo y transcurridos unos segundos se dirige a Paco, con la intención de que yo le oiga.

-Tú que llevas muchos años aquí, dime cuándo fue la última vez que el señor Llongar reservó una mesa para ocho.

La discusión me empieza a intrigar.

-Muchos años Juan, luego fue reservando cada vez para menos personas y últimamente solo para dos.

-Paco, tú sabes muy bien el porqué antes reservaba para ocho y últimamente solo para dos.

-Claro Juan, tú y yo recordamos muy bien las palabras del señor Llongar cada vez que reservaba para un comensal menos; siempre decía emocionado y con la voz entrecortada.

-Juan, un amigo ya no vendrá más. Nos está esperando en la soledad infinita de un agujero negro.

La cara de Juan refleja que no le gustan estos recuerdos, y eso del agujero negro no lo debe entender. Seguramente ha compartido muchos momentos con ellos. Se ha emocionado y termina la discusión.

-Preparad la mesa del señor Llongar para ocho.

No puede evitar gritar.

-Y ¡en forma CUADRADA!

Le oigo refunfuñar; aún no se resigna a lo que parece evidente.

-Veremos quién lleva razón.

Se dirige a Paco, a la vez que me mira.

-Tú monta una mesa para la señorita…

-Rocío

-Con ese bonito acento solo se puede llamar Rocío.

Veo a Paco montar mi mesa lejos de la mesa del tal señor Llongar. Le pido a Paco, con un gesto, que la monte cerca de la mesa de los ocho misteriosos comensales. No tarda mucho.

-Señorita ya tiene su mesa, yo le llevo la copa de fino y la tapa de jamón.

El restaurante se va llenando y la mesa del tal señor Llongar sigue con ocho sillas vacías.

 

Juan se acerca a la puerta del restaurante.

-Buenos días señor Llongar.

-Hola Juan, ¿cómo estamos hoy?

Me fijo con detalle en él. Tiene buen aspecto, es alto, fornido y elegante. Lleva el pelo corto y las canas cubren parte de su cabeza. Su voz es grave y a mi, como mujer, me parece seductora.

Juan se dirige a él en tono jocoso.

-¡Qué sorpresa! es usted el primero en llegar. Habitualmente llega el último.

El señor Llongar mira hacia la mesa, sonríe y pasa su brazo derecho sobre el hombro de Juan.

-Pero qué me dices, sí ya están todos sentados.

Juan mira a Paco, después me mira a mí. Su cara refleja la gran perplejidad que vive. Continúa con su tono jocoso.

-Señor Llongar ya está usted con sus chanzas.

A mí me da la impresión de que le está gastando una broma.

-Señor, ¿para cuántos ha reservado la mesa hoy?

-Hoy no falta nadie, estamos todos los amigos y compañeros de estudios. He reservado para 8 personas.

-Discúlpeme, ¿son los mineros de siempre? Se lo pregunto porque últimamente reservaba solo para dos comensales.

-Sí Juan, qué pregunta más tonta. Claro que son los amigos de siempre. Hoy estamos todos, incluso el que vive en Nueva York.

Caminan los dos hacia la mesa, Juan se detiene un poco antes y obliga al señor Llongar a pararse. Le mira a los ojos. Su cara refleja preocupación.

-¿Se encuentra usted bien? Las sillas están vacías y los dos sabemos que sus amigos no vendrán. Quizás solo uno, con el que comió usted la última vez… ¡pero este tampoco vendrá!

Los dos hombres se miran, se produce un silencio corto que se hace eterno. La mirada de Juan se convierte en tierna, en un intento de complacerle sin molestarle.

-¿Quiere que le prepare una mesa solo para usted y en una zona con menos ruido?

El señor Llongar levanta su cara hacia el techo y lanza una carcajada que suena como un aullido. Lo interpreto como la expresión del lobo herido por las palabras de Juan. El señor Llongar ataca.

-¡Cómo no ves que estamos todos! Tú no te encuentras bien. Amigo Juan, nos conocemos desde hace muchos años y me permito preguntarte ¿por qué no te jubilas?

-No puedo, desde que murió mi mujer no soporto la soledad de mi casa. Seguro que a usted le pasa lo mismo desde que murió la suya.

Observo que hay entre los dos un cariño forjado a lo largo muchos años. El señor Llongar se sitúa frente a Juan y, con lentitud, pone las manos sobre sus hombros. Le habla con voz tenue; me cuesta escucharles.

-Claro que sí. Cuando meto la llave en la cerradura lo hago lentamente. A veces deseo que no se abra la puerta, que la cerradura se bloquee para siempre. Haz lo que yo hago. Entro deprisa y enciendo todas las luces y todos los televisores, son armas contra la soledad. Donde no se puede luchar contra la soledad es en el dormitorio. Después de cenar me echo sobre un sofá y, solo cuando el sueño es insoportable, me voy a la cama, que siempre tiene las sábanas frías, aunque sea verano.

-¡Cómo le entiendo!

-Pero hoy estoy alegre, voy a comer con mis queridos compañeros de estudios, amigos desde entonces y para siempre. Mírales que contentos están, Juan ¿pero cómo no les has servido nada?

La cara de Juan refleja su asombro, pero de pronto se esfuerza con una sonrisa. Claramente tiene un problema: ha entendido que el señor Llongar no está de broma. Se produce un silencio que a mi me parece muy largo. No entiende la situación y yo tampoco. Juan mira la cara del señor Llongar que irradia optimismo, pero la suya transmite la pena que siente por su amigo. No cabe duda de que piensa que su cabeza se está deteriorando, que le ha afectado la añoranza por los amigos que ya no están; que la soledad se está apoderando de él. Sus gestos son una muestra de que intenta comprenderle. La situación le puede, le veo hacer un gran esfuerzo para sonreír y hablar con el señor Llongar.

-Cómo no les has servido las bebidas.

-No me han pedido nada, quizás me hayan llamado pero yo no les he oído.

Juan termina la frase con un gesto triste, mirando al suelo e intentando que el señor Llongar no le vea.

El señor Llongar mira hacia la mesa y hace un gesto con las manos señalando las sillas, como si todos sus amigos estuvieran sentados.

-Ya voy, no seáis pesados. Estoy hablando con Juan.

No sé qué pensar, se dirige hacia las sillas vacías con toda naturalidad.

Juan me mira intentando compartir su pena. Ayuda al señor Llongar a quitarse la chaqueta y la coloca en el respaldo de la silla donde él se sienta.

-Anda, tráenos la carta. Juan, vamos a ver que quieren comer estos tripudos. No, mejor hagamos como siempre, comeremos lo que tú nos propongas. Trae tu bloc y el boli.

Juan se va y Paco se acerca a él; cuchichean.

El señor Llongar se sienta en una silla que me permite verle muy bien. He decidido continuar la tapa con una comida. No puedo evitar querer saber el final de este misterio. La compra de mi deseado vestido quedará para el próximo viaje a Madrid.

No me mira. Con una gran sonrisa se dirige a la silla vacía que está a su derecha y así, muy despacio, va mirando las otras seis sillas. Se dirige a todas.

-Qué serios estáis. Alegrad esas caras, que vamos a pasar un buen rato con los chistes de Eloy.

Se hace un corto silencio, el señor Llongar parece escuchar. Ahora no está Juan, por lo que claramente no le está gastando una broma. Pienso, mejor prefiero pensar, que sus amigos deben estar al llegar, pero su actitud está muy lejos de que eso sea así. No entiendo nada.

Miro al señor Llongar. Se le nota feliz, claramente se siente rodeado de sus amigos. Para mí está en una mesa rodeado de siete sillas que todos vemos vacías. Él las ve ocupadas por sus amigos de siempre.

No da la sensación de una persona trastornada y me pregunto: ¿por qué actúa así? Quizás monta esta situación porque no le gusta comer solo. Montar este trance porque no le guste comer solo me parece exagerado. Tiene que haber algo más, sí tiene que haber algo más. ¿Cuál es la verdadera intención del señor Llongar?

Juan se acerca a la mesa. Le observo en disposición de seguir el comportamiento del señor Llongar, aunque le apene.

-Ya estoy aquí, si le parece hoy vamos a cambiar un poco. Traigo más cosas para picar y, si se quedan con hambre, después traigo un segundo plato.

-¿No os parece que Juan está un poco raro hoy?, nunca lo hemos hecho así. Nos quiere dejar sin segundos platos.

Se dirige a Juan.

-Siempre has anotado las raciones para picar entre todos y los segundos al mismo tiempo. Bueno, hagámoslo como tú dices.

-No señor Llongar, como usted prefiera.

-No, Juan tú mandas. Como siempre.

-Podemos empezar con unas alcachofas, después unos boquerones. ¿Qué le parece?

-A mí no me lo digas, díselo a ellos.

Juan se queda mudo, paralizado como una estatua. No sabe como reaccionar. Después de unos segundos, sigue el juego al señor Llongar. Va mirando las sillas vacías una a una al mismo tiempo que comenta el menú, sabiendo donde se sienta cada amigo del señor Llongar. Él, mirando silla por silla, les comenta su oferta.

-Las alcachofas le gustan al señor Reinosa, porque está a régimen; los boquerones al señor Rosas; voy a traer una tortilla con callos que le gusta al señor Rosales; unos chipirones para complacer al señor Cádiz; una cazuela de judiones de la Granja, que siempre pide el señor Rocosas; una ración de mollejas, que es el plato preferido del señor Alcázar y finalmente morcilla de León, para el señor Laciana y para usted.

Juan, haciendo un esfuerzo, con una voz muy tenue.

-¿Les parece bien?

Juan mira las sillas y después mirando al señor Llongar, con gran timidez, hace un gesto como de aprobación por parte de todos.

-Bien Juan, pero luego pediremos los segundos.

Juan hace intención de irse pero el señor Llongar le coge del brazo.

-Te has olvidado de las bebidas. Realmente hoy no estás fino. Que te digan uno a uno qué quieren beber.

Juan hace el gesto de mirar a todas las sillas.

-No es necesario, conozco los gustos de todos ustedes.

El restaurante se ha llenado y oigo el ruido típico de las conversaciones

 

El señor Llongar me mira, esforzándose en una sonrisa que a mí me parece triste, no es el mismo señor Llongar que hablaba con Juan. Tengo la impresión de que ahora no actúa. Clava su mirada en mis ojos. Aguanto su mirada, pero noto que es él el que no resiste la mía. La retira mirando al centro de la mesa. Ahora entiendo, sin duda, que sus amigos no vendrán ni ahora ni nunca. Ha montado una comida ficticia para todos los que vemos la situación, menos para él que la vive como real.

Me vuelve a mirar. Aquel hombre que entró al restaurante alto, fuerte, derecho como un ciprés, con una sonrisa que seducía y con una actitud de estar muy seguro de si mismo, siento que me está pidiendo ayuda para luchar contra su soledad, quizás de la única manera que puede: compartiendo sus vivencias pasadas con alguien, en este caso conmigo. No sé cómo lo podrá hacer, no ha intentado iniciar una conversación conmigo.

Me mira muy fijamente y noto como se me cierran los ojos lentamente. Va desapareciendo el señor Llongar de la sonrisa triste y, cuando he cerrado mis ojos del todo, se hace una oscuridad total.

 

Siento una sensación extraña, como si hubiera abandonado mi cuerpo. Oigo una música que reconozco de Chaikovski, pero que soy incapaz de reconocer cual es. Después de unos instantes, empiezo a abrir los ojos muy despacio y me veo en el mismo escenario. Me asusto, abro los ojos todo lo que puedo, miro alrededor de mi mesa: todo sigue igual, excepto la mesa del señor Llongar. Todas las sillas están ocupadas por siete hombres. No me cabe duda de que son sus amigos.

Ahora lo entiendo, el señor Llongar quiere compartir conmigo sus recuerdos, me ha introducido en el lóbulo central de su cerebro. Me produce un cierto miedo que pronto desaparece cuando veo a un señor Llongar alegre y dicharachero, rodeado de sus amigos. Todos sonríen con una alegría que me hipnotiza.

Ellos no se dan cuenta de mi existencia, me levanto y doy varias vueltas alrededor de la mesa, al final me coloco detrás del señor Llongar. Les miro uno a uno, estoy entusiasmada por esta experiencia. Mi dualidad me permite conocer el presente y también los recuerdos en los que está inmerso el señor Llongar y que quiere revivir conmigo. Pienso que se agarra a ellos por ser lo único que le queda.

Oigo sus conversaciones y pronto sé el nombre y apellidos de todos, así como la personalidad de cada uno. Se palpa la buena relación y el cariño con que se pican unos a otros.

Todos cuentan algún hecho que les hizo pasar buenos momentos y que ridiculiza a otro amigo, las risa son continuas. Comparto con ellos todos sus recuerdos, contarlos sería una falta total de discreción y de cariño. El tiempo pasa muy rápidamente, por lo menos eso me parece a mí.

 

De repente, el ruido de las conversaciones en el restaurante me vuelve al momento actual, abro los ojos poco a poco y todo cambia nuevamente.

Juan se acerca a la mesa del señor Llongar con una botella, le pone un poco de cerveza en su copa.

-¡Por favor, Juan! Hoy no das una. Sabes que a mi me gusta la cerveza de presión y no de botella. Anda, cámbiame la copa y trae las bebidas de todos y sírveles.

Juan lo ve inevitable y regresa rápido con las bebidas. Sus nervios le traicionan, se queda parado: no sabe en qué copas tiene que poner las distintas bebidas. El señor Llongar se ríe del soponcio que está pasando Juan.

-Pero hombre, si siempre nos sentamos igual y tú lo sabes.

Vamos a ver. Tienes que servir Rioja en esas tres copas, Rivera de Duero en estas dos, una cerveza con alcohol aquí, agua allí y mi cerveza sin alcohol y de presión. Ves que fácil.

El señor Llongar hace un silencio mientra Juan sirve, después se dirige a una de las sillas.

-Favio, yo también leí la entrevista a Serge Latouche y muchos opinamos como tú, que Latouche dice verdades como puños. Tú recalcas, con razón, que la crisis no solo es financiera sino que también es una crisis de civilización y yo te añado que viene provocada por una educación de varias generaciones en fines materialistas.

Mira rápidamente a la silla que tiene enfrente.

-Ya sé Jaime que tú harás un planteamiento religioso, que te rechazará Ramiro.

Me quedo admirada de cómo mantiene un coloquio con todos sus amigos oníricos, que yo ahora no veo, pero él los siente muy cerca y yo… ahora también.

Presta atención a otra de las sillas.

-Jacinto, tu comentario me hace pensar… y dices que tu pides una sociedad que produzca menos y consuma menos. Quieres una revolución. El capitalismo no lo permitirá, nos han educado para trabajar y para consumir, consumir y consumir.

Mueve su mano derecha hacia la silla de Eloy. Ya voy sabiendo donde se sienta cada uno.

-De acuerdo Eloy, hay que aspirar a una mejor calidad de vida y a más humanismo.

Coloca su brazo izquierdo sobre la primera silla que está a su izquierda.

-Sí Ramiro, como tú dices, los que podrían poner en marcha esta revolución son los políticos, pero no quieren ni pueden porque el poder ya no lo tienen ellos. Estamos dominados por una oligarquía económica y financiera, que tiene a su servicio a los jefes de Estado de todos los países; como si fueran sus funcionarios.

El señor Llongar mueve la cabeza para dirigirse a todos sus amigos.

-Marx fue el primero en vaticinar la primacía de las grandes empresas sobre los estados en un futuro no lejano. Ya estamos en ese momento y nos va a llevar a un mundo gobernado por grandes grupos financieros y empresariales, que además cada día que pase serán más grandes. Lo malo no es que quieran ganar mucho dinero-poder sino que sea a cualquier precio, es decir, despreciando al ser humano. Consecuentemente se crea una sociedad deshumanizada, el humanismo ha muerto.

Mira la silla que tiene a su derecha.

-Favio, me dices que estoy exagerando. Te daré un dato: entre los fondos de inversión y los fondos de pensiones gestionan el 75% del PIB mundial. Su finalidad te la puedes suponer: obtener los máximos beneficios económicos. Los problemas humanitarios les traen y les traerán sin cuidado, mientras no les suponga poner en peligro sus beneficios.

Gira su cabeza hacia otra silla, la de Ramiro.

-Claro Ramiro, ¿qué futuro tiene la democracia con este capitalismo? Negro, muy negro. Aparentemente no se la cargarán porque no les interesa, pero es una democracia falsa, hueca, solo de fachada. Como consecuencia de su finalidad hay más paro, salarios más bajos, desahucios, preferentes, refugiados…y además controlan los gobiernos a través de la troika y su santa madre.

Yo no tengo la solución pero no acepto la opinión cínica de Christine Lagarde: “El sistema capitalista tiene margen para la renovación”, intentando acallar así a los críticos del capitalismo y no preocupar al personal, dando a entender que ellos tienen la solución. Pienso que de lavar la cara a este capitalismo deshumanizado nada, que no vale. Hay que buscar otro sistema económico.

La fraternal comida continúa con el señor Llongar sacando distintos temas de conversación que mantiene con sus amigos- sillas.

Le miro con cariño y le noto cansado, coloca la cabeza entre sus manos. Después de unos instantes la levanta y me mira. Mantengo su mirada que busca mi complicidad.

Juan se acerca a la mesa.

-Les traigo una tortilla con callos y una ración de morcilla de León que no pica, como a usted le gusta. Vayan ustedes sirviéndose y ahora les traigo el resto.

Juan hace el gesto de irse.

-No Juan, sírvenos tú y luego traes el resto; de lo contrario Eloy y Jaime se servirán ellos y no nos dejarán nada.

Juan empieza a servir y va comentando con cada amigo invisible.

-¿Tiene usted suficiente señor Alcázar? ¿Le sirvo un poco más señor Cádiz? A usted, señor Reinosa, no le pongo morcilla porque sé que no le gusta. Usted está a régimen, señor Rocosas, pero hoy un poco de tortilla no le hará daño…

Los gestos y el tono de voz de Juan hacen la escena tierna. Ya no le sigue la corriente al señor Llongar sino que participa de su vivencia. Me emociona este comportamiento.

Todas las mesas están ocupadas, en la barra cuatro hombres jóvenes con pinta de ejecutivos agresivos esperan una mesa libre. Llevan bastante rato esperando. Uno de ellos se dirige a Juan con tono impertinente.

-Oiga, ¿qué pasa con esa mesa con ocho sillas y solo una ocupada?

-Están todas las sillas ocupadas.

-Llevamos mucho rato aquí y no hemos visto más que a una sola persona.

-Pues hay ocho.

-Yo solo veo una persona.

-Bueno, ese es su problema. ¡Hay ocho personas!

Juan se va, con malos humos, a llevar otra cerveza al señor Llongar.

-No han comido nada, la morcilla se les va a enfriar y la tortilla con callos no la han empezado.

La cara del señor Llongar no es la misma que cuando entró en el restaurante. Ahora transmite tristeza y soledad. Bebe un sorbo de cerveza. Le hago un gesto con mi copa de vino, me ha mirado pero no me ha visto. Sus ojos atraen toda mi interés, entiendo que es la manera en que puedo comprenderle y ayudarle.

Juan interrumpe mis reflexiones. Con una sonrisa que me llama la atención, le veo retirar los primeros platos, todos con la comida intacta, excepto el del señor Llongar que ha picado un poco. Sin interrupción comienza a servir los segundos platos y comenta a cada comensal invisible las cualidades de su vianda.

-¿Tiene suficiente?, ¿está a su gusto? Hoy le he pasado el rodaballo un poco más, como me pidió la última vez…

El señor Llongar , después de comer unos trozos del rodaballo, junta sus manos por debajo de la barbilla en una posición muy pensativa. Él se levanta, da una vuelta despacio a la silla y se vuelve a sentar.

Mira a la silla de Jaime Rocosas.

-Tú mismo lo dices Rupi, ¡lo que se podría hacer en I+D+i y en educación con los 40.000 millones de la corrupción ! En España la inversión media de estos últimos años es de 2100 millones de euros en educación y 2200 en investigación civil. ¡Que vergüenza! ¡El futuro de los jóvenes españoles será trabajar de camareros para los jubilados alemanes!

Nunca le había visto tan indignado. Miro al señor Llongar con la intención de ayudarle, me disgusta verle cansado e indignado. Me produce una pena que no puedo soportar, su mirada se ha vuelto triste. Juan se acerca a la mesa.

-No han comido nada. Ahora vamos por los postres. Les propongo una bandeja de dulces variados y caseros.

Mira al señor Llongar y éste asiente con la cabeza.

El señor Llongar hace un silencio. Mira todas las sillas. Me mira. El silencio del señor Llongar es más fuerte que el ruido del restaurante, no oigo nada. Estoy asustada, me siento como fuera de mí.

 

La música de un solo de violoncello, de los altavoces del restaurante, me vuelve a la realidad. No identifico que composición es, pero su sonido me entristece. El señor Llongar pide la cuenta a Juan. Mientras le traen la cuenta observa despacio todas las mesas. Al llegar a la mía me mira con una sonrisa abierta y cariñosa. Me sorprende porque sus últimos gestos eran de mucha tristeza. Cuando Juan le trae la cuenta y el datáfono, le gasta una broma:

-Hoy pensaba irme sin pagar.

-No sería un problema, ni el primero en irse sin pagar.

-Por favor, acércame mi bolso, también llamado mariconera, si quieres que te pague.

Juan coge el bolso. Su rostro cambia bruscamente, palidece y se queda inmóvil. El señor Llongar extiende su mano para coger el bolso. Juan da varios pasos hacia atrás, alejándose del señor Llongar. No quiere darle el bolso. No entiendo lo que pasa, me inquieta lo que veo. Me pregunto qué le pasa a Juan y mi primera intención es hablar con él. La situación me tiene como una estatua en mi silla, no soy capaz de mover un brazo.

-Vamos Juan, dame el bolso, ¿qué te pasa?

Le tiene que quitar el bolso de las manos. Saca la tarjeta y le paga. Vuelve a meter la mano en el bolso. En ese momento Juan mueve las piernas con pequeños saltos que muestran su nerviosismo. Me mira como pidiéndome ayuda. El señor Llongar saca unos billetes y deja una buena propina sobre la mesa. Juan se relaja y coge rápidamente la chaqueta de la silla e intenta ayudarle a ponérsela.

-No Juan, voy a ir un momento a los servicios. La cerveza pide salida.

El señor Llongar se levanta y camina hacia los servicios. Juan extiende un brazo como intentando detenerle y cogerle el bolso, pero su brazo se queda en el aire.

De pronto el señor Llongar se para y se gira hacia Juan.

-Juan, ¿tú sabes si existe Dios?

-Claro, ¡cómo no va a existir!

Continúa hacia los servicios. Le oigo murmurar:

– Si es así, ¡qué solo debe estar!

Juan mantiene apretada la chaqueta contra su pecho. Se queda inmóvil mirando hacia los servicios. Estoy desconcertada. No se qué pasa. Miro a Juan pidiendo una explicación, pero…

El sonido fuerte y rotundo de un disparo que viene de los servicios silencia todas las conversaciones del restaurante.

El solo de violoncello se hace más sonoro y me invade totalmente. Juan se queda con la chaqueta contra su pecho, mirando hacia la puerta de los servicios. Me pongo de pie, doy unos pasos siguiendo a Juan. Nos quedamos en la puerta de los servicios no nos atrevemos a abrirla.

Noto que se me humedecen los ojos.

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*